EL APUNTADOR O EL TEATRO DE SOCIEDAD

EL APUNTADOR O EL TEATRO DE SOCIEDAD


  • AUTOR: Pierre Klossowski
  • Editorial: ARENA
  • ISBN: 9788415757504
  • Páginas: 206
  • Formato: 149x220
  • Idioma: Español
  • Colección: Libros del último hombre
  • Encuadernación: Rústica con solapas
  • Disponibilidad: Consultar

Precio : $ 3996.00

Pierre Klossowski (1905-2001), de vida legendaria y obra inclasificable, en un momento dado se encontró con el fenómeno de ver su vida reducida a «un signo único», al que le dio el nombre de Roberte. La escritura de sus tres variantes ?Roberte, esta noche (1954), La revocación del Edicto de Nantes (1959) y El apuntador (1960)? concluyó con su reunión en un solo volumen titulado Las leyes de la hospitalidad (1965), acompañado de un postfacio que ha llegado a ser no menos famoso y notable que las tres novelas anteriores.
Mientras que las dos primeras novelas de este ciclo han tenido varias ediciones en español, El apuntador y el postfacio a Las leyes de la hospitalidad son traducidas y publicadas aquí por primera vez. Nunca olvidada, secretamente frecuentada, religiosamente seguida, la obra de Pierre Klossowski habrá sufrido uno de los más injustos descuidos por parte de un tiempo, el nuestro, que no ha sabido comprender la riqueza de su carácter inclasificable.
Su pensamiento permanece a la espera de ser desentrañado, lejos del mito de su complejidad, de su oscuridad, de su inaccesible extrañeza, sabiendo de él únicamente que Pierre Klossowski piensa en imágenes y que lo que impulsa la visión de tales imágenes pide ser entregado, plasmado, tanto por escrito (novelas y ensayos) como gráficamente en sus escenas dibujadas a lápices de colores y de tamaño natural. Todo ello llevado a cabo con la recóndita intención de instaurar una teofanía de la visión, que tanto pone en danza espíritus que son sólo deseos como demonios secuaces al servicio de un supremo regulador.
El apuntador. Repárese en el original francés: Le souffleur (literalmente: el soplador), del que hay que retener, al menos, cuatro sentidos. En primer lugar, el apuntador de la puesta en escena de una pieza teatral que «sopla» su papel a quien lo representa, donde lo único que nos queda es determinar (ardua tarea) quién sopla a quién dentro del inconcebible teatro que es El apuntador. Pero también, el soplón, llamado a denunciar con su «soplo» la farsa, el estado de «simulación» en que viven todos estos personajes. Igualmente, el alentador, es decir, quien les da aliento o «pneuma», alma o vida, a estos poseídos por «tan funesto deseo de luz». Por último, el ladrón que le birla, que le «sopla», a otro ya sea su papel, ya sea su extraviada voluntad de afirmarse como «yo». En medio, Roberte, signo único alrededor del cual todo se mueve, que está siempre ahí para darle un posible sentido a todo.
Donación que se nos hace sin contrapartidas: la lectura de esta novela nos permite ser libres e inteligentes. Ella obedece a reglas tan inescrutables que, por su propia ocultación, nos da la oportunidad de no estar sometidos a ninguna, excepto la del libre intercambio de los papeles asignados a cada cual. Indica tan luminosamente la existencia de identidades perversas llamadas a perderse en una penumbra de pensamiento que, ante su insistente presencia, sólo queda la inteligencia de quien leyendo comprende.
En el reino de este aparente desgobierno rayano con la locura, inopinadamente presente, uno no se debe olvidar de estallar de risa en algún momento en que gira la tuerca y crece el desconcierto del lector ante una nueva escena, a la que vuelven los mismos sin ser ya los mismos, de nuevo en su papel, que ya no es exactamente el mismo, con nuevas relaciones que tampoco son las mismas, repetidos pero extraños. De una vez y para siempre, como sucede con lo acontecido según la ley del Eterno Retorno. En tales momentos, que no son fijos ni están predeterminados, ese que así reacciona, con su risa sobrevenida sigue riéndose para sí porque ha descubierto que el autor sigue jugando con él, introducido de lleno en lo que Blanchot, a propósito de Klossowski, llamó «la hilaridad de lo serio», de lo que éste ha llegado a ser un consumado maestro.